—Está bien —murmuró al fin—. Pero no creas que esto se queda así, ¿eh? Cuando salgas de aquí, vamos a sentarnos los cuatro. Y vas a contarnos todo. Desde el principio. Sin omitir ni una cosa.
Asentí, incapaz de hablar. Las lágrimas seguían cayendo, pero ya no intenté detenerlas.
Mi madre se inclinó