—No —respondí al fin—. No quiero otra suite. Quiero dormir en la misma cama que tú.
Sebastián asintió despacio, sin apartar la mirada.
—Hecho —repitió, y esta vez la palabra sonó como una promesa real.
Nos quedamos en silencio un rato. La lluvia golpeaba suave contra los cristales, un tamborileo