TERCERA PARTE: LA DESGRACIA DE QUE ESTÉS AQUÍ
—Pero, ¿quién carajo te permitió entrar? — balbuceo, alucinada.
Él no me hace ni caso y me acorrala contra la pared, a la cual pego la espalda en un tonto intento de huir del contacto de su cuerpo y de su mano, bastante fría por estar demasiado tiempo bajo la lluvia.
Tiene los ojos verdes vidriosos y si no me engaña la luz, está un poco ruborizado. Sutil, pero allí está. Aún con todo, siento una insana atracción por su cuerpo.
—El mundo puede