Las horas pasan y las manecillas del reloj de péndulo corren sin parar. Frederich está como poseído escribiendo en la computadora que, debido a la fuerza con la que lo hace, suena mas parecido a una maquina de escribir.
Por más concentrado que esté, no puede evitar arrugar su cara del dolor, que siente a cada pitada que le da a su habano.
Durante el transcurso de la tarde no tuvo ninguna experiencia más por el estilo, de modo que, siendo las seis de la tarde y con el sol ya descendiendo en el h