Sofía esperó exactamente cuarenta y ocho horas después de la reunión familiar para soltar el resto.
No por estrategia esta vez sino por algo más peligroso: furia. La furia de una mujer que abrió la boca frente a su familia y mostró la herida que llevaba veinticinco años escondiendo y que en vez de recibir comprensión recibió la misma mirada de siempre, la que decía "pobre Sofía" sin decir "te entendemos", la que confirmaba lo que siempre supo: que en esta familia el dolor de Emma pesaba más que