Lorenzo sacó su enorme mano del vestido de Celeste y tomó una servilleta para limpiarse los largos dedos, mientras la miraba con una sonrisa burlona. La intensa mirada del hombre la hizo temblar un poco. Mordiéndose los labios, lo miró fijamente acusándolo:
—Dijiste que no me harías nada en esta semana.
—¿Qué he hecho? —preguntó Lorenzo con justificación.
Celeste lo miró ferozmente, pero sus grandes ojos brillantes no tenían poder intimidante, más bien resultaban seductores. En realidad, después