Habitación del hotel.
Celeste, empapada de sudor tras haberse aplicado la inyección antídoto, se sentaba en el sofá envuelta en una toalla. Aunque el efecto de la droga no había desaparecido por completo y aún se sentía incómoda, estaba un poco mejor. Ahora podía soportarlo.
Dejó el teléfono a un lado y, agotada, miró al médico que estaba de pie cerca de ella.
—Gracias por lo de hoy, pero te pido que por favor mantengas en secreto lo que pasó. No quiero que se lo cuentes a nadie.
—No se preocupe