Al atardecer, Celeste encontró algunas frutas silvestres para comer.
—¿De verdad crees que esto se puede comer? ¡No quiero! Búscame otra cosa.
Aun en medio de la adversidad, Samuel seguía comportándose como un señorito.
Miró con desdén las pequeñas frutas rojas y rugosas, negándose siquiera a tocarlas, como si el simple contacto fuera a ensuciarle las manos.
—Claro, ¿por qué no te preparo un banquete imperial? —respondió Celeste, irritada.
Ni siquiera parecía entender dónde estaban; ya era basta