Lorenzo estaba sentado allí, con un traje oscuro, los botones de la camisa abrochados hasta el último, usando una corbata pulcramente anudada. Su apuesto rostro de líneas angulosas era frío y distante, emanando un aura gélida y ascética. Sus ojos eran tan profundos como un abismo sin fondo.
El ánimo oprimido de Celeste se alivió de repente.
Ella se acercó a él mientras le preguntaba:
—¿Qué haces aquí...¡Ay!
Justo al llegar al sofá, ¡de repente tropezó y cayó!
—¡Señorita, cuidado!
De pronto, una