Había dos cosas en el mundo que me resultaban absolutamente repulsivas: primero, los niños, y segundo, los ruidos que hacían. Al caminar entre ellos, no podía evitar recordar mi profundo desprecio por esos pequeños seres que parecían tan fáciles de aplastar. Sus sonrisas inocentes me daban tanto asco que apenas podía soportarlas sin imaginarme derramamiento de sangre y muerte.
—Niños, presten atención un momento —dijo la maestra en voz alta, captando la atención de todos los niños que jugaban—.