Por supuesto, no se conformó con que yo hiciera eso. Quería escuchar cada uno de mis gritos. Sin previo aviso, atacó mi pezón, succionándolo con fuerza y durante un buen rato. Abrí los ojos de par en par por un segundo y gemí fuerte y sin poder evitarlo. ¿Qué... qué fue eso?
Bajé la mirada y lo encontré succionando y mordisqueando mis pezones antes de deslizarse hacia abajo y enterrar su rostro entre mis muslos.
Me sonrojé de vergüenza. Hacía seis años que nadie me miraba así; ahora era madre