CAPÍTULO SESENTA Y OCHO

STELLA

No sé cuánto tiempo llevo mirando el anillo de Antonio. ¿Horas? ¿Días? Las paredes de cristal laten con un ritmo constante, marcando un tiempo que no puedo medir.

Mis muñecas han dejado de sangrar. Las quemaduras de la plata y el hierro se han cubierto de costras, aunque volverán a abrirse en cuanto me mueva. He aprendido a no moverme a menos que sea absolutamente necesario.

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