Se podría decir que funcionó, porque Rousse dejó de gritar y entró en shock. Al momento en que reaccioné en lo que había hecho, llevé las manos a mi boca y comencé a temblar.
—Oh… Dios mío, perdóname —solté, intenté llevar mis manos a su rostro, pero ella comenzó a temerme.
—¡No, no, no…! —suplicó mientras se abrazaba a sí misma.
No pude más y solté el llanto, algo que la dejó fuera de sí mientras me miraba fijamente.
—Perdóname, Rousse, —supliqué— pero es que yo no sé qué hacer, cómo ayudarte