36. Una fiesta... de compromiso
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Gabriel
Tenerla así, entre mis brazos, vulnerable y temblorosa, era un placer que no sabía cómo describir. Había algo adictivo en verla perder el control, en el modo en que sus ojos evitaban los míos mientras su respiración se volvía más errática. Se había convertido en mi momento favorito, el instante donde sabía que yo era dueño de cada latido de su corazón.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó con un hilo de voz, temblorosa, apenas capaz de sostenerse firme.
No respondí de inmediato. En lugar de