16. Preguntas inocentes
16
Zaira
—¡Sí! —exclamó el pequeño, sonriendo de oreja a oreja.
El joven maestro no dijo nada más. Simplemente comenzó a comer con esa calma estudiada que parecía impregnar todos sus movimientos. El niño, por su parte, hablaba animadamente mientras yo intentaba mantener la compostura, sintiéndome fuera de lugar en un espacio que no era el mío.
A pesar de todo, había algo reconfortante en aquella escena. Por primera vez, no parecía que estuviera trabajando; estaba compartiendo un momento simple,