XXVII. Evidencias del pasado
Isla estuvo asechando al otro día frente a la empresa, sentada en su auto de cristales oscuros.
Sabía muy bien que esa mujer se volvería a aparecer, porque si no era una embustera, entonces no se rendiría tan fácil.
Efectivamente, cuando ya llevaba toda la mañana esperando, la vio aparecer al final de la calle con el mismo niño que llevaba ayer a rastras.
Isla se bajó del auto, dispuesta a esconder rápido a esta mujer, antes de que su sobrino saliera por casualidad y pudiese interceptarla.
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