XVIII. No te imaginas cuanto te deseo
Valerie no podría resistirse a esa orden, su propia tanga estaba ya toda empapada, solo por besarse con este hombre que tanto la atraía.
Y sí, una tanga, de las mismas que pagó con el dinero del magnate, en aquella tienda de lencería y que agradecía mucho llevar hoy un juego color rojo.
Además de un vestido rosa palo, medio corto, que también le facilitó mucho las cosas.
Se sentó a horcajadas, con las piernas abiertas sobre Oliver, que se recostó al respaldo del sofá y sintió con satisfacción