Mundo ficciónIniciar sesiónLa oscuridad en el corazón de la Casa de Cristal no era absoluta; era una penumbra densa, cargada de partículas de polvo que bailaban en el haz de luz de su teléfono móvil. Al cerrarse la pared tras ella, el silencio se volvió sólido, un zumbido constante que parecía emanar de las mismas vigas de acero que sostenían la mansión.
Clara se quedó inmóvil, con la espalda pegada a la superficie fría del panel que acababa de sellarse. El pánico era una marea roja que amenazaba con nublarle el juicio, pero su mente de arquitecta, entrenada para entender los espacios, empezó a tomar el control.
Respira. Evalúa. Mide.
—¿Gabriel? —gritó. Su voz no tuvo eco. Las paredes de este pasadizo estaban recubiertas de un material aislante que absorbía el sonido—. ¡Gabriel, abre esta maldita puerta!
No hubo respuesta. Solo el siseo lejano de los sistemas de ventilación. Clara comprendió que los altavoces a través de los cuales él le había hablado eran unidireccionales. Él podía verla, podía hablarle, pero ella era un insecto atrapado en un frasco de cristal esmerilado.
La galería de la obsesión
Con la linterna de su móvil, volvió a iluminar el busto de mármol. Al acercarse, notó detalles que la hicieron estremecer. No era una interpretación artística de su rostro; era una réplica exacta. Incluso el pequeño lunar cerca de su oreja izquierda estaba allí, tallado con una precisión microscópica.
¿Cómo? ¿Cuándo? Ella nunca había posado para un escultor.
Empezó a caminar por el pasadizo, que se extendía como una arteria oscura a lo largo de la casa. A medida que avanzaba, descubrió que este "espacio muerto" no era un error de construcción, sino una segunda casa, una sombra de la mansión oficial. A través de pequeñas rejillas de ventilación y espejos espía (que desde fuera parecían espejos decorativos), Clara podía ver las diferentes estancias.
Pasó por el baño principal. Desde la oscuridad, observó el lujo frío de la tina de mármol. Luego, el comedor. Pero lo más inquietante fue llegar a la altura de la biblioteca.
Detrás de una fila de estanterías, Clara encontró un archivo metálico. Lo abrió con manos temblorosas. Dentro no había planos de edificios, sino expedientes médicos.
Expediente 01: Elena Valerius (Madre de Gabriel). Causa de muerte: "Insuficiencia cardíaca" (anotado a mano: Fragilidad estructural).
Expediente 02: Sofía Moretti. Profesión: Pintora. Fecha de entrada: 2018. Fecha de salida: Incompleta.
Clara pasó las páginas de Sofía. Había fotos de una mujer joven, de cabello oscuro, muy parecida a la mujer de la fotografía que encontró al llegar. Sofía no era Clara, pero compartían el mismo arquetipo: mujeres con una fuerte identidad creativa, independientes, "proyectos" que Gabriel o su padre consideraban dignos de ser moldeados.
La habitación de las reliquias
El pasadizo descendió por una escalera de servicio oculta hasta el sótano. Allí, el aire se volvió más pesado, con un olor metálico a revelador fotográfico y aceite de motor.
Clara llegó a una habitación que parecía un museo dedicado a una sola persona. En las paredes colgaban vestidos que ella recordaba haber perdido a lo largo de los años. Una bufanda que creyó olvidar en el metro hace tres inviernos. Un pendiente de plata que se le cayó en una cafetería.
No eran coincidencias. Habían sido recolectados.
En el centro de la sala, bajo un foco de luz cenital, había una mesa de dibujo. Clara se acercó y sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Sobre la mesa había planos de su propio apartamento. Pero no eran planos de construcción: eran planos de asalto. Anotaciones sobre sus horarios, cuándo encendía la luz, cuánto tiempo pasaba frente al ordenador, qué marca de café compraba.
Gabriel no la había contratado. La había "extraído" de su realidad.
El fantasma en el cristal
Mientras examinaba los planos, un ruido metálico resonó al fondo del sótano. Clara apagó su linterna y se agachó tras una estantería de cajas.
Un panel se deslizó. Una silueta entró en la habitación. No era Gabriel.
Era una mujer. O lo que quedaba de una. Caminaba con una rigidez antinatural, vestida con un camisón de seda blanco que parecía una mortaja. Su rostro estaba pálido, casi traslúcido, y sus ojos se movían con una rapidez errática. La mujer se acercó a la mesa de dibujo y, con un movimiento mecánico, empezó a ordenar los papeles que Clara acababa de desordenar.
Clara contuvo la respiración. ¿Era Sofía Moretti? ¿Había estado viviendo en las sombras de la casa todo este tiempo?
La mujer se detuvo de repente. Olfateó el aire, como un animal detectando a un intruso.
—Sé que estás aquí —susurró la mujer. Su voz era un hilo quebradizo—. Él dice que esta vez lo hará bien. Dice que tú tienes la estructura ósea que yo no tuve. Que tú no te vas a romper.
Clara salió de su escondite, con las manos en alto.
—¿Quién eres? ¿Qué te ha hecho?
La mujer se giró. Su rostro estaba surcado por finas cicatrices que seguían las líneas de un cirujano.
—Soy el borrador —dijo la mujer con una sonrisa triste—. Gabriel no ama a las mujeres, Clara. Ama el orden. Y tú eres el desorden más hermoso que ha encontrado. Si no te vas ahora, te convertirá en parte del mobiliario. Te hará de vidrio, para poder ver a través de ti hasta que no quede nada secreto en tu alma.
—Ayúdame a salir —suplicó Clara, acercándose—. Conozco la arquitectura de este lugar, podemos encontrar una salida.
La mujer soltó una carcajada seca que terminó en una tos sibilante.
—No hay salida de la Casa de Cristal. Las puertas que ves son solo sugerencias. Las verdaderas paredes están en tu cabeza. Él ya empezó a cambiarlas anoche, ¿no es así? ¿Ya empezaste a dudar de lo que recordabas?
Antes de que Clara pudiera responder, un zumbido electrónico recorrió la sala. Las luces se encendieron con una intensidad cegadora.
—Sofía, te he dicho que no molestes a nuestra invitada antes de que esté lista —la voz de Gabriel, esta vez real, no filtrada por altavoces, provino de la entrada del sótano.
Él estaba allí, impecable, sosteniendo una bandeja con dos copas de cristal y una botella de vino tinto. Observó la escena con la curiosidad de un biólogo mirando a dos especies en competencia.
—Clara, veo que ha encontrado la sección de 'Investigación y Desarrollo'. Es un poco desordenada, lo admito. Sofía es un recordatorio de que la belleza requiere sacrificio, y a veces, el material no es lo suficientemente resistente.
Gabriel caminó hacia Clara. Sofía, la mujer rota, retrocedió hasta desaparecer en las sombras del pasadizo sin decir una palabra más.
—¿Qué es esto, Gabriel? —Clara señaló los expedientes, la ropa robada, el busto—. ¡Esto es un secuestro! ¡Es una locura!
—No, Clara. Es arquitectura aplicada al espíritu —él llenó una de las copas y se la ofreció. Ella no la tomó—. Usted construye casas para que la gente viva en ellas. Yo construyo realidades para que las personas alcancen su máximo potencial estético. Usted era una arquitecta mediocre en una ciudad mediocre. Aquí, será eterna.
Él dio un sorbo al vino, mirándola por encima del borde de la copa.
—Ahora tiene dos opciones. Puede intentar pelear, en cuyo caso la trataré como a Sofía: un residuo estructural que debe ser contenido. O puede aceptar su posición como la nueva piedra angular de esta casa. Si me ayuda a terminar el diseño, le daré la libertad que nunca tuvo allá afuera.
Clara miró a su alrededor. Estaba rodeada de cristal, acero y secretos. Su mente empezó a trabajar a mil por hora. Si quería sobrevivir, no podía ser la víctima. Tenía que ser la arquitecta.
—Necesito mis herramientas —dijo Clara, con una voz que sorprendió incluso a ella misma por su firmeza—. Y necesito acceso total a los planos del sótano. Si quiere que termine esta casa, tengo que saber qué hay debajo de nosotros.
Gabriel sonrió. Era la sonrisa de un hombre que cree haber ganado, sin saber que acaba de darle a su prisionera los planos de su propia destrucción.
—Esa es mi Clara. La cena será a las nueve. Esta vez, yo cocinaré.
Cuando él se fue, Clara se volvió hacia la mesa de dibujo. No iba a restaurar la casa. Iba a buscar el punto de carga, el ángulo débil, la columna que, al ser retirada, haría que todo aquel imperio de cristal estallara en un millón de pedazos.







