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Capítulo 2: La Habitación del Eco

El ascenso por la escalera de caracol se sintió como subir por el interior de una caracola de cristal. Los pasos de Gabriel no producían sonido alguno, mientras que los de Clara, con sus tacones de diseñadora, resonaban como golpes de martillo contra un yunque. Él no miraba hacia atrás; caminaba con la certeza de quien es dueño no solo del suelo que pisa, sino del aire que lo rodea.

—Esta casa fue construida por mi abuelo en 1964 —dijo Gabriel sin girarse—. Tenía una teoría: que la privacidad es la tumba de la honestidad. Creía que si los seres humanos viviéramos en la transparencia absoluta, seríamos incapaces de mentir.

—Es una teoría romántica, pero arquitectónicamente agotadora —respondió Clara, tratando de mantener la voz firme—. El ser humano necesita sombras para descansar.

Gabriel se detuvo frente a una puerta de madera de nogal, la única superficie opaca que Clara había visto hasta ahora.

—Usted no parece una mujer que busque descansar, señorita Silva. Parece una mujer que busca respuestas. Y las sombras solo sirven para ocultar las preguntas que no nos atrevemos a hacer.

Él abrió la puerta y se hizo a un lado, invitándola a pasar con un gesto lento. Clara entró, y el aire se le escapó de los pulmones como si alguien le hubiera propinado un golpe seco en el estómago.

El dibujo que cobró vida

No era solo una habitación de invitados. Era un santuario. Las paredes eran de un azul cerúleo profundo, el techo tenía molduras de yeso con formas de hojas de hiedra y, junto al ventanal, había un escritorio de madera clara con una lámpara de banquero verde.

Clara retrocedió un paso, chocando casi contra el pecho de Gabriel, quien permanecía en el umbral como una estatua.

—¿Qué ocurre? —preguntó él. Su tono era de una curiosidad fingida, demasiado afilada para ser real.

—Esta habitación… —Clara señaló con una mano temblorosa—. Cuando yo tenía diez años, gané un concurso escolar de dibujo. El tema era "La casa de mis sueños". Yo dibujé exactamente esto. Las paredes azules, las hojas en el techo, incluso esa lámpara.

Se giró hacia él, con los ojos encendidos por una mezcla de sospecha y miedo.

—¿Cómo es posible? Usted no pudo haber visto ese dibujo. Estaba en una carpeta en el desván de mi madre, en otra ciudad, a cientos de kilómetros de aquí.

Gabriel no parpadeó. Dio un paso hacia ella, acortando la distancia hasta que Clara pudo oler su perfume: sándalo y algo metálico, como la lluvia antes de caer sobre el asfalto.

—Quizás tenemos mentes afines, Clara. O quizás, simplemente, hay ideas que flotan en el aire esperando a que la persona adecuada las atrape. Yo diseñé este cuarto hace meses, mucho antes de contratarla. Si coincide con sus sueños infantiles, ¿no es eso una señal de que este es el lugar donde debe estar?

—Es una coincidencia estadística imposible —insistió ella, aunque su propia mente empezaba a traicionarla. ¿Realmente era así el dibujo? ¿O su memoria estaba siendo moldeada por la visión que tenía delante?

—La estadística es el consuelo de los que no creen en el destino —sentenció él—. Descanse. La espero en el comedor a las ocho. No llegue tarde; a la casa no le gusta que la cena se enfríe.

La cena: El banquete de las sombras

El comedor era una plataforma de vidrio suspendida sobre un jardín interno que parecía una selva nocturna. La mesa era tan larga que Gabriel y Clara estaban sentados a varios metros de distancia, como dos islas en un mar de cristal negro.

La cena fue servida por un personal que Clara apenas vio: manos enguantadas que aparecían y desaparecían de la periferia de su visión.

—Dígame, Clara —comenzó Gabriel, cortando un trozo de carne con una precisión quirúrgica—, ¿qué siente al reconstruir algo que ya es perfecto?

—Nada es perfecto, señor Valerius. El tiempo siempre encuentra una forma de corromper la estructura. Mi trabajo es encontrar esas corrupciones y extirparlas.

—Interesante elección de palabras. "Extirpar". Como un cirujano. —Él dejó el cuchillo, que tintineó contra la porcelana—. Mi padre solía decir que esta casa no estaba terminada porque le faltaba un alma. Él pasó sus últimos años obsesionado con un diario. Un diario que, según él, dictaba el futuro de esta familia.

Clara recordó el sobre en el estudio y la fotografía. Sintió el impulso de mencionar la nota que decía que había "tardado demasiado en volver", pero algo en la mirada de Gabriel la detuvo. Era una mirada de hambre, pero no de hambre física. Era la mirada de un coleccionista frente a una pieza única.

—¿Su padre está vivo? —preguntó ella.

—Mi padre murió intentando construir algo que no podía ser construido: una mujer que no se rompiera.

El silencio que siguió fue tan pesado que Clara sintió que el techo de cristal se hundía sobre ellos. Gabriel se levantó y caminó hacia ella. Se detuvo detrás de su silla. Clara sintió el calor de su cuerpo, aunque él no la tocaba.

—Usted es arquitecta, Clara. Sabe que para reconstruir un edificio, a veces hay que derribarlo hasta los cimientos. Limpiar el terreno. Borrar lo que hubo antes. —Sus manos se apoyaron en el respaldo de la silla de ella—. ¿Está dispuesta a ser reconstruida?

—He venido a trabajar en la casa, no en mí —replicó ella, aunque su voz sonó más débil de lo que pretendía.

—En esta propiedad, la casa y sus habitantes son la misma cosa —susurró él al oído de ella—. No puede cambiar una pared sin que algo cambie dentro de usted.

La primera grieta

Esa noche, Clara no pudo dormir. Se quedó mirando las molduras de hiedra en el techo, que bajo la luz de la luna parecían retorcerse. Decidió que necesitaba agua. Salió al pasillo, pero al intentar regresar a su habitación, se detuvo en seco.

El pasillo era diferente.

Juraría que su puerta estaba al lado de un gran ventanal que daba al bosque. Pero ahora, donde debería estar el ventanal, había una pared sólida de vidrio esmerilado. Y su puerta… su puerta no estaba a la derecha, sino a la izquierda.

Caminó hacia adelante, desorientada. El eco de sus propios pasos parecía venir de una dirección distinta. Se detuvo frente a un espejo de cuerpo entero al final del pasillo. Al mirarse, no vio su reflejo actual.

Por un segundo, una fracción de latido, vio a la mujer de la fotografía.

Llevaba el mismo vestido de seda oscuro. Tenía la misma expresión de terror contenido. Y detrás de ella, en el reflejo, una mano masculina se apoyaba en su hombro.

Clara se giró bruscamente. No había nadie.

Regresó corriendo a lo que creía que era su habitación y cerró la puerta con llave, hundiéndose en la cama. El corazón le rugía en los oídos. Al encender la lámpara de banquero, notó algo sobre la mesa que no estaba ahí antes.

Era su diario personal. El que había dejado bajo llave en su apartamento en la ciudad.

Estaba abierto por la mitad. Alguien había subrayado una frase que ella escribió años atrás, después de su primera ruptura amorosa: "A veces desearía poder borrarme y empezar de nuevo".

Debajo, con la misma caligrafía agresiva del sobre, alguien había añadido:

"Deseo concedido, Clara. Mañana empezaremos con los cimientos".

Clara apagó la luz, pero el azul cerúleo de las paredes parecía brillar con una luz propia, una luz que no la dejaba escapar. La Casa de Cristal la había observado toda su vida. Y ahora que la tenía dentro, no pensaba dejarla salir de una sola pieza.

 

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