GIANNA
—¿Crees que debamos irnos, Gia? Ya tenemos como media hora aquí —murmuró Vik en medio del poco espacio que nos separaba.
¿Tanto tiempo pasamos solo abrazados?
—No quiero irme… eres muy cómodo y suavecito —musité en respuesta y lo apreté.
Él soltó una risilla y acarició mis cabellos. Entonces, sentí su cabeza sobre la mía en un gesto de relajación profunda, una que seguía latido a latido de su corazón, con cada una de sus respiraciones.
—¿Segura de que no te estás durmiendo?
—¡Es tu culpa