Me incorporé de la cama con la intención de abandonar la habitación. No sabía a dónde iría; quizás optaría por dormir en el sofá. Lo único claro era que no deseaba estar cerca de Eduard ni compartir la misma cama. Sus palabras me hirieron, y mi corazón experimentó una pequeña fisura.
Al llegar a la puerta, intenté abrirla, pero la mano fría de Eduard se posó en mi brazo mientras yo permanecía de espaldas. Me detuve, sin razón aparente. No quería irme, pero tampoco quedarme. Luchaba contra los se