Se me llenaron los ojos de lágrimas. Le sostuve la mandíbula con ambas manos.
Gideon me miró.
—Esos diez años que estuvimos separados —dijo—, ¿me extrañaste?
Casi me río en voz alta ante eso. Pude haberlo hecho. Pero me contuve.
—Pasé diez años en la ciudad humana —contesté—. Tenía la empresa y esta casa enorme y a mi madre, y a Bjorn, por supuesto. Debería haber sido feliz. Me dije a mí misma que lo era. Pero una parte de mí se quedó en las manadas todo el tiempo. Dejé la mitad de mí mi