Podía verlo intentando atravesar la bruma. Tenía el ceño fruncido y la mandíbula apretada. Sabía, mientras lo miraba a los ojos, que estaba tratando de abrirse paso a zarpazos a través de toda esa niebla para salir a la superficie, luchando contra la otra mitad que ya sabía exactamente a quién debía ver de pie frente a él.
Sus ojos iban de ella a mí y de regreso, una y otra vez, como si estuviera buscando la más mínima diferencia que le dijera cuál de las dos era la real.
No podía encontrarla e