Nadie lo había hecho.
—¡Mamá! —la voz de Bjorn me trajo de vuelta.
Ya las teníamos en los tobillos, en las rodillas, trepando por debajo de la falda de Melissa y por el dorso de mis manos, no importaba qué tan fuerte me las sacudiera. Melissa gritó y se vino abajo; la levanté de nuevo casi agarrándola del cuello de la ropa. Bjorn tropezó, dándose manotazos en el cuello; tres de ellas estaban enredadas en su cabello antes de que se las arrancara y las arrojara lejos con un sonido de arcada.
—¡