La tomé por los hombros y la sostuve a distancia para poder verle la cara.
—Avery. Despacio —busqué en sus ojos alguna señal de que estuviera bromeando, algún destello de la loba que apenas acababa de aceptar salir conmigo de nuevo, y mucho menos tener un hijo. En este momento, todo lo que veía era ardor y deseo, como si su loba se estuviera volviendo loca de lujuria—. No hablas en serio. No estás pensando con claridad.
—Nunca he pensado con más claridad en mi vida.
—Apenas estamos comenza