—Aún lo llevas puesto.
Me detuve.
—¿Llevar puesto qué?
—El collar.
Mi mano libre fue hacia mi garganta. La luna creciente estaba allí, descansando en el hueco de mi cuello, cálida contra mi piel. Lo había dejado en mi mesita de noche esa mañana. Estaba segura de ello. O... casi segura.
—No te lo quites —murmuró Sebastian.
Me di la vuelta para preguntarle a qué se refería, pero ya estaba dormido. Su respiración era profunda y pausada. Su rostro estaba relajado por primera vez en todo el dí