—Tengo que irme, cariño.
—¿Por qué? —se quejó Ariel, abrazando a su pareja con más fuerza, temiendo que escapara de su agarre—. ¿De verdad tienes que hacerlo?
—Sí, tengo que hacerlo. Ya te expliqué que forma parte de defender la manada y, como alfa, debo liderar con el ejemplo.
—Pero ¿de verdad tienes que ir? ¿Qué voy a hacer yo sola cuando no estés?
—Estarías yendo a trabajar si no hubieras renunciado.
Ariel gimió, no dispuesta a escuchar eso.
—Ya te expliqué por qué no podía hacerlo. Además,