Ignorando el dolor del hombre que se debatía en las cadenas, desesperado y llorando, me puse frente a él, sacando la navaja del bolsillo.
— Hora de quitarte el recuerdo para Isabella, cuñado —le dije, ya acercándome a él con la navaja abierta en mi mano.
Ajusté los guantes negros en mis manos antes de, con la navaja, comenzar a cortarle el pene. Disfrutando al ver esa parte específica de su cuerpo ser amputada. Sonriendo al mismo tiempo que perforaba su carne con mi hoja afilada, poco a poco, h