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Saltar dentro de esa piscina que me parecía tener un agua tan refrescante como invitante no me era una mala idea. Excepto por una cosa:
No sabía nadar.
Si entraba allí dentro, me hundiría más rápido que el Titanic en el mar. Y eso no sería nada bueno.
Entonces, lo que me quedaba para hacer en medio del aburrimiento en ese lugar, como siempre durante las tardes, era leer. Especialmente sin la compañía de la parlanchina Isabella. Ya había perdido la cuenta de cuántos días habían pasado desde