El mayordomo comenzó a dispersar a los invitados, evitando más miradas curiosas.
El jefe de los guardaespaldas se adelantó para ayudar a Diego a levantarse, pero este lo rechazó con violencia. Arrastrándose, se abalanzó sobre el ataúd de cristal. Abrió la tapa con manos temblorosas y acarició mi rostro helado e inerte.
Se quitó la chaqueta y me cubrió, llorando mientras seguía acariciándome las mejillas.
—Valeria, ¿por qué estás tan fría? Mira, te pongo mi chaqueta y así agarras un poquito d