Dos días antes de la boda, Diego y Ana follaban como conejos en mi supuesto nuevo hogar.
En un arrebato de pasión, Ana lo abrazó con fuerza y susurró:
—Puedo hacerte más feliz. ¿Me permites ser tu esposa?
Para su sorpresa, el mismo hombre que minutos antes le acariciaba la cintura prometiéndole una mansión, se puso serio:
—Ana, puedes tener todo mi cariño, siempre y cuando no perturbes a Valeria. Debes reconocer quién eres y no reclamar lo que no te pertenece.
Ana se decepcionó, porque no h