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Capítulo 2. Viaje inesperado.

Juliette Moreau

Tres meses después…

Vacaciones. Necesito vacaciones.

«Pero no puedo tenerlas».

Un café. Necesito solo un café.

«Eso debe ser suficiente».

Mi odioso jefe está entretenido en una llamada y yo debería ser capaz de prepararme mi bebida mágica en tiempo récord, ¿verdad?

«Maldita la hora en que me quedé revisando un informe y no aproveché».

Me levanto rápido de mi silla, para no dudar, y tomo rumbo a la sala donde está la máquina de café. No es el mejor, preferiría uno de la cafetería más cercana, pero no me voy a quejar de la posibilidad al alcance de la mano.

Pero no he dado dos pasos lejos de la oficina de Lucifer, cuando su voz rompe el silencio.

—Juliette.

El tono seco y antipático de Aston me hace poner los ojos en blanco. Controlo el impulso de soltar un gruñido y regreso sobre mis pasos, alcanzando mi libreta de notas antes de ir hacia mi martirio.

—¿Sí, señor? —inquiero, cuando aparezco en su puerta y veo que el idiota ni siquiera me está mirando.

—Cancela toda mi agenda de esta tarde —ordena, sin perder tiempo—. Llama al piloto y dile que prepare un viaje rápido a Boston, a las seis en punto quiero estar en el aire. Déjalo bien claro.

«Boston, cómo no».

—¿Boston? ¿La señorita Taylor tiene algún problema?

Ni siquiera sé por qué menciono a Ivanna, debería darme una sacudida por dejarme así en evidencia. Pero en estos meses que llevo trabajando para Aston Myers, por órdenes del impresentable de su padre, me ha quedado claro que mi jefe siente algo por su amiga. A quien incluso llama zanahoria.

«¿Quién diría que podía ser tierno, el idiota?».

En cuanto lo digo, sus ojos se posan en mí, entrecerrados y desconfiados. No lo veo, porque mantengo mi mirada fija en mi libreta, pero como siempre, lo siento. Aston tiene una forma muy particular de observarme y siempre que lo hace, cada vello en mi cuerpo se eriza.

«Cuerpo traidor y cobarde».

Levanto la mirada solo porque no puedo fingir que anoto algo y la cruzo con la suya. Finjo la mayor inocencia que puedo aparentar, porque no es mi intención buscarme un problema con él.

«Ya es demasiado que no haya cumplido al pie de la letra las órdenes de quien me puso aquí».

—No, Juliette, no tiene ningún problema. ¿Es eso un problema para ti? —Su tono me estremece, por lo duro que se escucha.

Sacudo la cabeza, todavía cumpliendo mi papel. No tengo nada en contra de Ivanna, la verdad. No sé por qué se pone tan tenso cuando es un tema recurrente a tratar.

—Por supuesto que no, señor. Solo me preocupo por Ivanna, y su hijo. Sé cuánto los aprecia.

Que no es mentira, y se lo demuestro mientras me mira fijamente. No me cree, pero no tengo razones para inmutarme por su suspicacia.

—Las reuniones de esta tarde pásalas para la siguiente semana, debo estar varios días fuera... —dice, cuando se convence al fin de ir al grano con lo que quiere.

«Aleluya. Mis plegarias fueron escuchadas».

—No esperaba otra cosa —canturreo en voz baja, sin poder evitarlo, al recordar que estaba hablando antes con Sean Robinson.

—¿Cómo?

«Ay mierda».

Lo vuelvo a mirar con expresión inocente. Escondo mi fastidio por todo el tema que lo lleva a Boston cada vez, porque la verdad es que necesito un descanso y él, con su viaje inesperado, me otorgará unas mini vacaciones.

Las que estaba manifestando.

—Que no haré otra cosa. Ya conozco sus costumbres, señor.

Apoya los codos sobre la mesa y me observa. Es evidente que no se cree mucho mi aclaración.

—Claro que no —murmura y suena irónico—. Los contratos con Alccor & Co. están en su punto más complicado, así que con ellos debe haber prioridad. Llámalos y asegúrate de que entienden el retraso.

—Ahora mismo lo hago, señor.

«Con todo gusto, si eso hace que te vayas lejos por unos días».

Creo que sonrío sin poder controlar mi boca. Ya casi que puedo sentir la suavidad de mi sofá debajo de mí.

—¿Algo que compartir conmigo?

Me desconcierta su pregunta y lo miro. Al ver su atención al completo puesta en mí, levanto una ceja.

—No, señor. No sé a qué se refiere.

Veo en su expresión que quiere insistir, pero está claro que lo deja pasar cuando vuelve a concentrarse en sus órdenes.

—El resto de reuniones, como ya ordené, reorganízalas. Sin embargo, los informes de los gerentes los quiero en mi correo como todas las semanas. ¿Tengo algún evento esta semana?

Asiento. Me las sé de memoria, para mi total consternación.

«No es que no tenga vida aparte de él, no».

—Una invitación el martes en la noche, a una gala benéfica que se desarrolla en el MoMA. Y otra el viernes, una invitación exclusiva para una premier en Broadway.

Puras invitaciones elegantes, y pomposas, para el tipo más insoportable de todos.

—Envía mis disculpas anticipadas por la ausencia. A la gala benéfica acompáñala con un cheque, como siempre. A la premiere, ocúpate de hacerles llegar arreglos florales al elenco, junto con una tarjeta...

«Nada nuevo».

Lo miro, sabiendo lo que viene. Oculto la sonrisa que quiero mostrar.

—¿Con el sobre de papel marfil, cerrado con el sello de cera con sus iniciales? —pregunta, recitando las indicaciones de siempre. Aston no responde, así que continúo—: ¿Con la tinta azul marino, jamás negra, porque la negra es de funeral?

La seguridad que me abruma ahora mismo, es escasa desde que trabajo para él. Por eso la disfruto.

Una sutil manera de burlarme de su escrupulosa perfección. 

—Y la fecha, en números romanos, por supuesto. Para que no crean que el señor Myers envía tarjetas comunes. —Aston se reclina y cruza una pierna sobre la otra. Sus dedos tamborilean sobre el reposabrazos y tengo que bajar la mirada para evitar mostrarle la sonrisa que cada vez es más difícil de ocultar—. También debo asegurarme de que el director esté mencionado primero, después los actores principales y, al final, “el resto del elenco”… sin sonar ofensiva, claro.

Se queda viéndome por más tiempo del que debe. Estoy clara que sabe muy bien que me estoy burlando de sus estrictas estupideces.

—Ya sabe cómo hacerlo —dice al fin, con tono seco, y devuelve su atención a los papeles que tiene delante.

—Desde luego, señor Myers —respondo.

—Eso es todo. Puedes retirarte.

Asiente y salgo sin decir nada más.

En cuanto cierro la puerta detrás de mí, celebro en silencio. Muevo mis brazos arriba y abajo, con ansias, con la energía que ya ni siquiera sabía que tenía, y grito en silencio, porque no creo que a Lucifer le guste mucho escucharme.

Dando saltitos voy hasta mi escritorio, ya olvidado ese café que quería, y me dispongo a cumplir todas esas estúpidas órdenes de Aston para poder irme en cuanto él se vaya.

Llamo al piloto, le doy todas las indicaciones y espero su confirmación. Luego voy cumpliendo una por una las instrucciones que me dio el demonio de mi jefe.

Con todo resuelto, me recuesto en mi silla, y sonrío.

«Tengo que llamar a Margo».

La línea suena solo una vez, antes de que la voz enérgica de mi amiga se escuche del otro lado.

—¿Te despidieron acaso, que me estás llamando en horario de trabajo? —Su saludo risueño me provoca un escalofrío.

—Cállate los ojos, carajo —bromeo—. Y no, no me han despedido, pero por fin podré tener libertad unos días, Margo. Lucifer se va de viaje, me ha dejado solo unas pocas indicaciones que puedo hacer con los ojos cerrados. Esto merece un vino, ¿verdad?

—¡Joder, tía, qué noticia! ¡Al fin vas a poder descansar de ese indecente jefe tuyo! ¡¿Llevo el vino o lo robas tú?!

Su pregunta me saca una risita. No soy una ladrona, pero cuando se trata de Aston, no me creo que deba ser justa. Él tiene muchas botellas que ni siquiera bebe, puede sobrevivir sin una de vez en cuando.

—Por supuesto que la robaré de su colección de vinos. Siempre puedo decirle que su hermana Viena tomó prestada una botella.

Que es justamente la razón por la que hice esto la primera vez. Viena me dio una, como una forma juguetona de joder a su hermano, y al probar el vino entendí por qué a ella y a Ivanna les gusta tanto. Es delicioso.

«Viena me cae bien».

Y mucho mejor, porque puedo usarla de excusa. Ella me dio su permiso.

—¿Y no te descubre? Mira que no puedes exponerte…

Su tono suena maternal de repente, sé por qué lo dice y la entiendo. Pero puede relajarse.

—Lo he estado haciendo por un tiempo, no te preocupes —aseguro, con una risa suave—. Tiene demasiadas como para darse cuenta que le falta una. Lucifer nada en billetes y soy yo quien le hace el pedido semanal, créeme cuando te digo que ni en cuenta lo tomará.

—Bueno, yo feliz de probar una cava tan exquisita, pero…

La voz de Margo queda ahogada por el ruido de la puerta al abrirse. Me incorporo de repente, levanto la cabeza de golpe y mi mirada se cruza con los ojos airados de mi jefe.

«Joder. Me escuchó».

—Juliette, me faltó darte una última indicación... —habla, con una calma áspera y cortante que me pone los pelos de punta.

—Lo escucho, señor —murmuro, con un poco de sumisión.

—Debes venir conmigo a Boston.

Suelta la bomba y yo no sé cómo reaccionar. Abro la boca, pero nada sale. Él ni siquiera se inmuta ante mi confusión.

Lo veo regresar sobre sus pasos, entrar a su oficina, y todavía sigo pensando que no puede estar hablando en serio. La llamada de Margo deja de tener importancia.

—Te veo en el hangar, no llegues tarde —ordena cuando regresa, su mirada indiferente me hace encogerme en el lugar—. Recuerda lo poco que me gusta la impuntualidad.

Se aleja. Y yo me quedo en el lugar maldiciendo su nombre una y otra vez.

«Maldito Lucifer».

***

Al día siguiente. En Boston…

Nunca pensé que abrir la boca de más me iba a costar un viaje en yate en Boston. Pero aquí estoy, rodeada de trajes caros, copas de vino y conversaciones que ni quiero entender, hoy no me interesan. Todo porque a mi querido jefe, nótese la ironía, le dio por escucharme hablar por teléfono.

«No era para tanto, ¿no?».

Solo lo llamé Lucifer y dije que me robaría, otra vez, un vino de su cava para celebrar un fin de semana en condiciones. Nada que él no se haya ganado a pulso.

Pero claro, Aston Myers no tiene sentido del humor. Lo que sí tiene es un carácter de m****a y una extraña capacidad para arruinar mis planes.

Me mortificó demasiado que, además, me lo sacara en cara. Porque en lugar de dejarlo pasar, me dijo con esa voz que no admite réplicas:

—Si te sobra tiempo para insultarme y hacer planes, te sobra tiempo para viajar conmigo a Boston.

Eso justo antes de subir a su jet privado, porque el demonio mayor no podía quedarse con eso atorado.

Y aquí estoy, sentada a su lado en una cena de negocios que no me concierne en lo más mínimo, porque ni siquiera me pidió estar atenta o tomar notas como suelo hacerlo durante el día. No he dicho ni diez palabras en toda la noche, solo asiento y sonrío cuando alguien cuenta un chiste sin gracia; o miro el mar por la ventana para no morirme de aburrimiento.

Aston tampoco me dirige la palabra desde que subimos al yate, pero está a mi lado, imponente en su traje negro, con esa mirada que hace callar a cualquiera, hablando lo justo y necesario con los demás.

Para él, esta noche yo soy invisible.

Lo peor es que todavía no sé por qué quiso traerme. Entiendo la parte de joderme el fin de semana, pero me pudo dejar aburrida en su enorme casa en la ciudad. Aquí no tengo nada que hacer. No sirvo para nada más que para ocupar una silla a su lado.

«Y si esa era la idea, sinceramente, podría haberse traído un maletín».

Cuando la cena por fin termina, respiro aliviada. Los pocos invitados, hombres poderosos que casi limpian con la lengua el camino por el que avanza mi odioso jefe, empiezan a marcharse en las lanchas que los llevan de regreso al puerto. 

Y yo ya me veo en una de ellas, olvidando este circo, hasta que escucho su voz.

—Juliette, dile al servicio que envíen una botella de mi vino al camarote. Y que recojan todo antes de irse.

Posa esos negros ojos en mí solo una fracción de segundo, con esa cara ácida que le encanta poner cuando algo le irrita, y se aleja. Eso es todo lo que dice. Ni una mirada de más, ni una despedida. Solo la orden, seca, como si yo fuera parte del personal de a bordo.

«Es que el hijo de puta no se esmera en ser un cabrón, le sale solo».

Se va, dejándome con la copa en la mano y un nudo de rabia en el estómago.

Refunfuñando, camino hasta la cocina del yate. Voy con la elegancia forzada de alguien que intenta no patear la mesa por puro coraje.

Porque claro, ¿qué soy ahora? ¿Su asistente personal o la camarera de turno?

¿Y por qué el maldito quiere vino en su habitación? ¿Pretende emborracharse solo y lanzarse al mar luego? Porque de ser esa su intención, yo puedo ayudarlo con lo segundo y volándonos por completo lo primero.

El chef me recibe con una sonrisa amable, pero en cuanto le transmito el pedido de Aston, su expresión se tensa.

—El camarero tuvo una emergencia y ya salió en la última de las lanchas —me dice, levantando las manos en señal de disculpa—. Tendrá que llevarlo usted, señorita.

Cierro los ojos un segundo y respiro. Respiro otra vez, más profundo. Y nuevamente.

«Tranquila, Juliette, no vale la pena».

Pero sí vale la pena, porque estoy aquí en un viaje que no pedí, en una cena que no pintaba nada, y ahora, encima, cargando vino como si fuera mi pasatiempo favorito.

—Claro —respondo, con la mejor sonrisa fingida que logro sacar—. Faltaba más.

El chef parece aliviado. Yo, no tanto.

Tomo la botella que pidió Aston y, como quien no quiere la cosa, cojo otra igual y la escondo entre mi bolso y el abrigo.

«Si voy a ser la mensajera de vinos, me merezco comisión».

Salgo de la cocina minutos después arrastrando el carrito con una mezcla de dignidad y resentimiento. Y cuando voy a mitad de pasillo, caigo en cuenta de algo que me dijo el chef.

Las lanchas ya se han ido. En la última se fue el camarero a quien yo le estoy haciendo el trabajo.

—Perfecto. Ni aunque quisiera podría volver a tierra esta noche. Y todo gracias a él —gruño, con frustración.

El pasillo se me hace interminable, más por el mal humor que me consume. El vino tintinea en el carrito con cada movimiento y yo no puedo dejar de pensar que, si me tropiezo y se rompe, probablemente Aston me mande directo al fondo del mar.

Llego a la puerta de su camarote y suspiro. Toco con los nudillos. Una, dos, tres veces, y espero.

Nada.

—Magnífico. Otra cosa más que añadir a mi lista de molestias de la noche —refunfuño en voz baja.

Pongo los ojos en blanco, sabiendo que no puedo solo dejar el vino aquí afuera y me preparo para entrar. Abro despacio y entro para dejar el carrito dentro.

La habitación principal del yate parece más grande que mi apartamento entero en New York. Todo lujo, todo en orden, todo demasiado cuadrado y perfecto como Aston Myers. Coloco la botella sobre la mesa, junto a las copas, preguntándome dónde carajos se metió.

Un pensamiento intrusivo me hace creer que se arrepintió de vivir y se lanzó al mar, pero esa no es una batalla que Dios me facilitaría, así que no lo creo.

Me digo que estoy perdiendo el tiempo y me doy la vuelta para salir, pero entonces escucho algo. Algo que, evidentemente, no debería estar escuchando.

Un murmullo bajo. Una voz ahogada. Y un golpe sordo que me pone los pelos de punta.

Me congelo.

No debería mirar. No debería, de verdad. Pero mis pies se mueven solos hacia el sonido. La puerta entreabierta al fondo me da la respuesta que no estaba buscando. No necesito abrirla del todo, apenas un espacio me basta para ver.

Y lo que veo me deja sin aire.

«Ese no es mi estirado jefe, ¿o sí?».

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vanessa escalanteestamos en problemas Julieth
vanessa escalantees que Aston debe ser super apasionado y mandon
vanessa escalanteandas calentandote con solo su voz
vanessa escalanteay Juliet por favor que esto jajaj
Susana RodriguezQue hace ese hombre ahí!
Susana RodriguezY si...quedaste cachonda por tu jefe...y ahora tendrás que hacerte cargo...
Venney Mejiaspero por que dejó de hacer con la rubia lo que estaba haciendo para ir allá
Venney Mejiasjoder está bueno
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