Ethan caminaba descalzo por el mármol frío de su penthouse, con la camisa abierta y los ojos entristecidos. Sentía esa rabia sorda que te carcome por dentro cuando sabes que metiste la pata, pero el orgullo no te deja dar el brazo a torcer.
Se sentó en el sofá de cuero y encendió la tablet con manos