—Señorita Vanessa… Estoy trabajando.
—Tranquilo, Roman. Estamos en la casa de Ethan Harrison, rodeados de muros de tres metros y cámaras —replicó ella, dando un paso más cerca—. Lo único peligroso aquí soy yo si no me traes otra copa de vino.
Roman suspiró, un sonido casi imperceptible.
—Hay meseros