—¡La verdad no es lo que tú crees! —replicó Caleb, casi desesperado.
La indiferencia absoluta en el rostro de Celeste se clavó como una espina en su pecho.
Durante mucho tiempo había creído que Celeste lo odiaba porque aún sentía algo por él. Que su enojo era señal de un amor herido.
Pero esa frialdad… esa distancia… le dejó claro que la mujer que alguna vez lo consideró el centro de su mundo ya no sentía absolutamente nada.
Y Caleb no podía aceptar esa realidad.
—¿Te suena la Pandilla del