Susan, desconcertada, la miró con preocupación.
—¿Qué pasa, Vivien? —preguntó confundida, sin entender por qué su hija se enfurecía ante un cumplido inocente.
No podía imaginar que su comentario, lejos de halagar a Vivien, la había humillado aún más. Porque, aunque quisiera, Vivien no podía admitir que la pintura no era suya, sino de Celeste.
—Está bien, está bien... —murmuró Susan, tratando de calmarla—. No te alteres, cariño. Solo sigue pintando.
Dicho esto, se sentó en el sofá y llam