—Lo tengo, mamá —respondió él, como si fuera un trámite sin importancia—. Nadia, te rentaré un lugar cerca de la oficina para que no tengas que tomar autobús ni metro. Solo caminarás.
—Ahora sí que no tendrás que preocuparte por adelgazar —añadió con un tono falsamente considerado.
Nadia apretó los puños con tanta fuerza que casi se le marcaron las uñas en la piel.
Pero aún así, siguió luciendo sumisa:
—Entonces… venderé la casa lo antes posible.
Susan estaba convencida de que, al final, l