Perspectiva de Alexander
—Está con él, ¿sabes?
Me cubrí los oídos con las manos, intentando apagar aquella voz, pero fue inútil. No venía de ningún lugar en particular y, al mismo tiempo, parecía surgir de todas partes: de las paredes, del techo, del suelo... incluso de dentro de mi propia cabeza. Resonaba en mi mente con una familiaridad inquietante, como si siempre hubiera pertenecido allí, como si tuviera derecho a ocupar mis pensamientos.
—Son amigos. Tienen derecho a estar juntos —respondí