Su cabello estaba enmarañado, con la sangre del enemigo que había salpicado y se había secado en él, formando dreadlocks que parecían moverse con vida propia: unos se enrollaban entre sí y otros caían desordenadamente.
La armadura liviana que llevaba estaba abollada en varias partes y manchada de sangre, no había un solo centímetro de su rostro que estuviera no estuviese cubierto de sangre o lodo.
Llevaba varios días sin bañarse ni peinarse, incluso un mendigo se vería más presentable que ella,