Isabella, al ver la desesperación en los ojos de la señora Minerva, comprendió que el intento previo de la familia Vogel de repudiarla la había dejado aterrorizada.
La señora Minerva rompió a llorar, cubriéndose la boca con el pañuelo, y después de un rato continuó hablando:
—Isabelita, te lo juro, no te estoy mintiendo. Mi suegra cree que la residencia de Vogel ha cambiado mucho y que ahora puede codearse con la élite de la capital. Durante el tiempo que he sido la encargada, ella ha mostrado c