Theobald miró a Isabella con asombro. Sus habilidades marciales no solo eran un poco mejores que las suyas, ni siquiera diez de él serían rival para ella.
¿Sabía artes marciales? ¿Por qué entonces nunca lo mencionó?
Ella, sosteniendo la lista de la dote, le sonrió con malicia. Esa sonrisa era como el brillante sol de verano, deslumbrante y resplandeciente.
Pero luego, levantó la lista de la dote y, al soltarla, se desintegró en fragmentos como copos de nieve en pleno invierno.
—¡Ah, destruiste l