Al día siguiente, Benito parecía renovado, aunque tenía unas ojeras bien marcadas.
Isabella no entendía cómo lo hacía: claramente no había dormido bien, pero aun así lucía tan radiante y lleno de energía, su rostro y ojos brillaban con mucha vitalidad.
Después de platicar con Raulito la noche anterior, ahora él niño ya no le tenía tanto miedo ni recelo. De vez en cuando, levantaba la cortina del carruaje para espiarlo desde atrás.
¿él era un gallardo como su abuelo? Entonces, sin duda, debía ser