Durante un largo tiempo, las princesas Heredera y Marina permanecieron en casa de Isabella antes de marcharse. Isabella las acompañó hasta la salida, sin mostrar rastro alguno de resentimiento o pena, se dibujaba en su rostro una cálida sonrisa de alegría.
—Señorita, usted preparó la dote para la princesa Marina, pero la princesa Heredera se la devolvió. Claramente, en ese momento no le tenían a sumercé consideración alguna. ¿Por qué ahora tiene que tratarlas tan bien? —preguntó Juana con sutil