Al salir del palacio, Isabella se encontró inesperadamente con Benito. Parecía que aún no se había recuperado del todo de una resaca. Su rostro mostraba signos de cansancio, y seguía vistiendo la armadura con la que había regresado del campo de batalla, manchada de sangre y óxido. Incluso desde la distancia, se percibía el familiar olor a sudor que lo envolvía.
Apoyado perezosamente contra la puerta roja del palacio, Benito, con el cabello más ordenado y recogido en una corona de oro y jade, ofr