Ella debería estar agradecida de que sus hijos siguieran vivos.
Seguían vivos. Se alegraba de que estuvieran vivos.
Esto tenía que ser una bendición de Dios.
"Tía Adina, ¿qué pasa?".
Adina abrazó a Harold con tanta fuerza que éste sintió que no podía respirar, aunque no se atrevió a decir nada. Temía que un abrazo así fuera fugaz.
Pero al segundo siguiente, sintió que unas cálidas lágrimas caían sobre sus mejillas.
Levantó la vista y vio los ojos llorosos de Adina. Sus lágrimas caían