Adina registró en toda la zona residencial con el niño, pero no encontró ningún gato.
Al final, se dio cuenta de que podía haber sido engañada.
Miró fijamente al chico con frialdad. “¿De verdad viniste a buscar un gato?”.
El corazón de Harold tembló ante su mirada.
Él no era un chico al que le gustara mentir, pero si no lo hacía, no tendría una excusa adecuada para quedarse con la mujer.
Apretó los labios y se quedó en silencio.
Adina sabía que había acertado y le preguntó: “¿Cómo te llama