Me arrepentí. No debí haber creído las mentiras de Sergio, ni haber sido tan débil como para salir a comer ese maldito Hot Pot con él. Me recriminé con fuerza a mí misma. —¿Vale la pena ponerse en tal estado por una comida? Apenas había probado unos cuantos bocados cuando ya me encontraba en peligro de perder la vida en este maldito pozo. Era mi propia culpa, bien merecido lo tenía. Pero morir así, no, ¡no estaba dispuesta!
—¿Hay alguien ahí? ¡Ayúdenme!
Grité con todas mis fuerzas, esperando qu