Había pasado más de medio mes desde el accidente de Sergio. Su hermano mayor se adelgazó estos días para cuidarle, pero aun así persistió. Como los tíos ya estaban mayores, casi todo dependía de Martín.
Sin embargo, cuando estaba conmigo, solía mirarme fijamente con sus ojos brillantes como estrellas y sonreírme con seducción, como una amapola que florecía en la noche oscura con la fatal belleza que me volvía adicta.
Me preguntaba con ternura si había comido bien y por qué estaba tan desanimada.