Capítulo 57. La recompensa del salvador
—No vamos a la mansión.
Aletta giró la cabeza, mirando a Adrian con el ceño fruncido.
—¿Entonces a dónde?
—Al penthouse —respondió Adrian con brevedad.
El auto atravesaba las calles de la ciudad ya desiertas. La luz de los faroles barría el tablero, iluminando de vez en cuando el rostro cansado de Aletta. Ella apoyó la cabeza en el asiento y cerró los ojos. Su muñeca aún latía de dolor, dejando una marca rojiza que ardía por el roce de la cuerda de antes.
—Estoy bien, no te preocupes —dijo Alet