Por un momento, me pregunté si estaba alucinando.
El dolor tenía la capacidad de distorsionar la realidad, de sacar viejos fantasmas de rincones oscuros y vestirlos de carne y hueso. Zane, allí de pie —con las manos en los bolsillos del abrigo, la postura relajada, una expresión casi cariñosa—, se sentía imposible. Como si mi mente finalmente se hubiera derrumbado bajo el peso de todo lo que había estado cargando.
Pero dio otro paso hacia mí.
Y el sonido de sus zapatos contra el pavimento era r